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Raúl Martínez Pardos

El problema de los nombres que no tienen nada que decir

Que un negocio funcione no significa que ya no tenga nada más que decir. Ni que ya no merezca la pena decirlo.

Nada más pensar en este título me surge una duda. ¿Y si no es un problema?

Al fin y al cabo, hay miles de negocios que funcionan perfectamente sin necesidad de decir nada más. Panaderías, ferreterías, talleres... Muchos de ellos llevan años abiertos y probablemente seguirán ahí dentro de otros tantos.

Si el negocio va bien, ¿qué más da cómo se llame? Es una pregunta razonable. Pero a mí siempre me ha parecido que una cosa no quita la otra.

A mí me va bien con mi pareja, y eso no significa que no pueda invitarla a cenar. Que parezca suficiente decirle «te quiero» no significa que no pueda escribirle una carta explicándole lo que significa para mí.

Entonces, ¿por qué con las marcas iba a ser diferente? Que un negocio funcione no significa que ya no tenga nada más que decir. Ni que ya no merezca la pena decirlo.

Porque las marcas, igual que las personas, terminan expresándose de una manera o de otra. A través de lo que hacen, de cómo lo hacen, de lo que cuentan. Y también de cómo se llaman.

Por eso nunca he pensado demasiado en los nombres como una herramienta para vender más. Los veo más como una oportunidad: la oportunidad de que un proyecto empiece a expresar algo propio.

Porque una cosa es que un negocio funcione. Y otra muy distinta que tenga algo que decir.

Y cuando ambas cosas ocurren al mismo tiempo, el mundo me parece un lugar un poco más interesante.